EL ARTE Y LA CIENCIA DE LA ESCUCHA
“El primer deber del amor es escuchar” –Paul Tillich
¿qué significa escuchar?
El Diccionario de las Academias de la Lengua Española incluye vocablos refrendados por 23 academias de la lengua de países hispanohablantes, incluido Filipinas. En él se distingue entre los términos oír –que quiere decir “percibir con el oído los sonidos”— y escuchar –que significa “prestar atención a lo que se oye”. Es esta una distinción fundamental: la escucha va más allá de la mera percepción auditiva y requiere un procesamiento cognitivo adicional: el de la atención. La atención, a su vez, denota una intención. Al escuchar nuestro podcast favorito, por ejemplo, estamos diciendo que nos interesa precisamente este; que vamos a prestarle atención para incorporar el mensaje del hablante y así condicionar el futuro de lo percibido, puesto que la atención es el umbral de la memoria.
el contexto cultural de las palabras
Y ahora que ya sabemos lo que dice el diccionario, pasemos a investigar el concepto de escucha en un contexto cultural distante del español y de otras lenguas romances. Porque las palabras contienen huellas culturales que van más allá de sus raíces etimológicas e históricas. Y eso es interesante en el mundo global en que vivimos.
Al indagar, damos casi de inmediato con el magnífico ejemplo del ideograma clásico chino que corresponde a la acción de escuchar. En él, la parte superior izquierda representa los oídos y la parte superior derecha, los ojos o la mirada. A estos trazos se añaden otros tres, que codifican la atención o la concentración, la mente—también concebida como “rey” o “soberano”, y el corazón, que representa las emociones. Es decir, en un solo ideograma se incorporan varios conceptos que indican, como en la definición del diccionario, que la escucha sobrepasa la mera percepción auditiva. Escuchar requiere que oigamos, pero también requiere que miremos a quien nos habla y que atendamos, poniendo en ello razón y corazón.
El ideograma, además, aúna las partes que constituyen el concepto, con el todo que es el acto de escuchar; un acto que va más allá de las partes que lo integran.
En Occidente, nuestra tradición dualista y categórica impone divisiones un tanto artificiales a un mundo que es más continuo que divisible. Podríamos decir que, ya desde los griegos, las culturas occidentales se han empeñado en mirar el mundo con minuciosidad analítica. Terminamos por polarizar en blanco y negro la infinita gama de grises que es la vida. Una visión productiva, quizás, para la ciencia, la técnica, la industria; pero mucho menos beneficiosa para el arte, la poesía o el espíritu.
Como se ejemplifica en el ideograma chino, en Oriente la mente y el corazón, lo cognitivo y lo emocional, se integran en una amalgama más holística, que nos ofrece conceptos como el de bodichita, la sabiduría de una mente y un corazón inseparables, una sabiduría abierta a los aconteceres de la vida y a los seres que la habitan.
Desde esa otra forma de mirar y de escuchar, nos dice Krishnamurti: “Solo si escuchamos podemos aprender. Y escuchar es un acto de silencio; solo una mente serena pero extraordinariamente activa puede aprender.” En medio del ruido, no podemos escuchar; es más, ni siquiera podemos oír. Y el ruido que impide la serenidad requerida para la auténtica escucha no es solo externo: de los coches, los gritos, las redes sociales o la política; también es interno. Es el ruido de las preocupaciones, de las ansiedades, o de las rumiaciones; es decir, de las reacciones internas al mundo de ahí afuera.
Nuestras culturas occidentales, en mayor o menor medida, son culturas de acción. En ellas, la escucha puede resultar difícil de digerir. Nos parece que escuchar es no hacer nada, que es demasiado pasivo, poco funcional. Nos olvidamos de que, para escuchar, hacen falta una atención y una intención activas. Porque se requiere una buena espina dorsal, un profundo valor, para abrirse a escuchar a los demás, a aquellas personas que no son nosotros y a los que rechazamos antes, incluso, de que abran la boca.
Pero, como dice Krishnamurti, sin escucha no puede haber aprendizaje y, por lo tanto, no puede haber entendimiento.
“Solo si escuchamos podemos aprender. Y escuchar es un acto de silencio; solo una mente serena pero extraordinariamente activa puede aprender.” – Jiddu Krishnamurti
la escucha activa de Carl Rogers
Eso lo descubrió el gran psicólogo estadounidense Carl Rogers a lo largo de toda una vida de experiencia terapéutica. Uno de los principios básicos de su modelo terapéutico, “centrado en el cliente”, consistía en escuchar de forma activa, empática y sin censura, a las personas que acudían a su consulta. A lo largo de su carrera profesional, Rogers pasó de poner un mayor énfasis en el rol del terapeuta como experto y gestor de la terapia –una forma de hacer terapia eminentemente “vertical”—a destacar la importancia de la escucha activa, algo que inicialmente le resultaba demasiado “pasivo”.
Nos dice Rogers:
“Cuanto más abierto estoy a las realidades en mí y en la otra persona, menos inclinado me siento a precipitarme a “arreglar las cosas». Cuando trato de escucharme a mí mismo y escuchar lo que estoy sintiendo dentro, y cuanto más trato de extender esa misma actitud de escucha a la otra persona, más respeto siento por los complejos procesos de la vida. Así que cada vez me siento menos inclinado a precipitarme a arreglar las cosas, establecer metas, moldear a las personas, manipularlas e incitarlas a que sean de la manera que me gustaría que fuesen. Estoy mucho más contento de ser yo mismo y dejar que la otra persona sea como es.» (Carl R. Rogers, El proceso de convertirse en persona. Paidos Ibérica, 1997).
Lo sorprendente es que, en una entrevista que le hicieron cuando Rogers tenía más de ochenta años, al preguntarle el periodista qué era lo que cambiaría de su trayectoria profesional, Rogers, en una muestra insólita de humildad y sabiduría, contestó: “Me hubiera gustado escuchar mejor”.
Al leer esto, nos podríamos sentir desalentados. Porque si, tras toda una vida de práctica, Rogers no estaba satisfecho con su capacidad de escucha, ¿qué esperanza tenemos los meros mortales de aprender a escuchar-de-verdad?
¿cómo escucha el cerebro?
Veamos qué dice el cerebro sobre nuestro potencial de escucha.
Desde hace tiempo sabemos que no se puede procesar con la misma precisión la infinidad de estímulos que el cerebro recibe a cada instante. Y para sortear esas limitaciones de procesamiento, el cerebro cuenta con la atención y la motivación. La motivación determina lo que es importante y la atención lo selecciona; lo subraya, por así decirlo. De hecho, a la atención se la ha comparado con frecuencia con el funcionamiento de una linterna, que ilumina preferentemente aquello que queremos ver mejor. Claro está que una linterna selecciona unas cosas a costa de otras. De verdad. Por eso, aunque creamos que podemos conducir y mirar el móvil al mismo tiempo, hay una multitud de estudios científicos –y miles de accidentes mortales—que prueban lo contrario. (Tabora Cruz, O. A. (2021). Efecto de las distracciones por el uso del teléfono celular durante la conducción. Infraestructura Vial, 23(42), 61-70.).
Pero es que, además, el escuchar requiere que vayamos en contra de las estrategias que nuestro cerebro ha desarrollado para optimizar los recursos limitados de los que dispone. Porque no ha evolucionado para que veamos la realidad tal cual es, ni para ayudarnos a alcanzar la felicidad, sino simplemente para asegurar nuestra supervivencia. Y los mecanismos que utiliza se basan en predicciones estadísticas generadas por experiencias pasadas y tienen un sesgo intrínseco hacia lo negativo, que es también lo que pone en peligro la supervivencia.
Al escuchar, pues, nuestro cerebro evalúa lo que escucha, lo contrasta con nuestro conocimiento previo, e intenta predecir lo que viene después. Nuestro cerebro no es una tabula rasa, dispuesto a recibir el mensaje tal cual se ha emitido; nuestro cerebro ya ha sido condicionado y moldeado por nuestras experiencias anteriores y nuestras adherencias grupales: país, lengua, clase social, sexo, generación, etc. Es ahí donde se cuelan nuestros “pre-juicios”, esos de los que no somos conscientes.
Desafortunadamente, hay más. También nuestro cerebro es más un órgano de acción que de contemplación. Por eso, mientras escuchamos, estamos ya juzgando, contrastando, y preparando la respuesta. O la sugerencia, o el consejo; incluso cuando no nos lo han pedido.
aprender a escuchar
Difícil propuesta, pues, la de la escucha activa y abierta. Sobre todo, cuando se trata de escuchar a la gente que nos es más próxima, a la que creemos conocer mejor y que es, a veces, a la que menos escuchamos. Con frecuencia un “¡ya voy!” desde el otro extremo de la casa o un “vale” inconsciente y automático, denotan la impaciencia y la falta de atención con las que nos relacionamos. Nos resulta más fácil escuchar a una influente a la que solo conocemos en pantalla, que a los seres a los que presuntamente más queremos.
¿Nos rendimos, entonces? Y, si no, ¿qué podemos hacer para escuchar mejor?
Estos principios pueden servir como punto de partida:
• Que la curiosidad sea tu guía.
La curiosidad refleja una motivación hacia el aprendizaje y mantiene una actitud abierta ante lo que vamos a escuchar.
• Intenta minimizar el monólogo –o diálogo—interno.
Un menor torrente de pensamientos facilita la escucha, porque la atención dividida no es tan efectiva como la atención selectiva.
• Escucha para comprender y no para responder.
Si estás preparando tu próxima intervención, pensando en la pregunta que vas a hacer o en la respuesta que vas a dar en cuanto puedas, tu atención también estará dividida. No escucharás del todo.
• Que no todo sea mental.
Como decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no acierta a comprender.” Dale un espacio a la empatía e intenta entender más allá de la razón, del pensamiento. Incluso más allá de las palabras.
Al final, podemos volver al principio y recordar, junto a Paul Tillich, que el verbo “amar” se conjuga escuchando, es decir, atendiendo. Y, además, según Krishnamurti, desde el silencio y la quietud.


